Laura González-Estéfani y la desmitificación de Silicon Valley
CEO de la gestora The Venture City, la madrileña opera en EEUU, Europa y Latinoamérica, recuerda que una startup global nace en cualquier parte y defiende el factor humano frente a la uniformidad de la IA
El caso de Laura González-Estéfani debería valer para derruir de una vez por todas el estigma de la mamá que sacrifica su carrera por culpa del mandato biológico. Con tres vástagos, la española nunca ha tenido cortapisas, ni ha refrenado sus mejores ambiciones, ni ha dejado de poner picas en lugares tan retumbantes como eBay, Siemens y, sobre todo, Facebook, donde pasaría nueve años como directiva entre Madrid y San Francisco. El momento del aterrizaje en el hoy gigantesco conglomerado de Mark Zuckerberg (diciembre de 2008) coincide con el arranque del despliegue internacional de la red social. González-Estéfani supo aprovecharlo para liderar la expansión en España, Portugal y Latinoamérica y, después, descifrar la biblia americana del emprendimiento, basada en la velocidad de ejecución, la escalabilidad y la obsesión con los KPIs.
En 2017, la madrileña funda TheVentureCity, una gestora de capital riesgo, junto a ex directivos de otras grandes compañías tecnológicas. Actualmente, González-Estéfani vive en Miami (Florida), una ciudad que poco a poco se ha ganado un lugar entre los hubs de innovación más relevantes de Estados Unidos. Como CEO del fondo, igual que como guerrera de la big tech, no puede decirse que le haya ido mal: más de 145 millones de dólares bajo gestión, un portfolio compuesto por 120 startups de 14 países, y una comunidad de más de medio millar de coinversores y fundadores alineados con la filosofía de TVC: más allá del paso obvio de aportar dinero a las jóvenes empresas en las que se confía, el equipo se implica en el crecimiento, el perfilado del producto y el análisis del negocio y el mercado. La actividad de la gestora abarca desde las series pre-semilla hasta las series B, planea sobre EEUU, Europa y Latinoamérica, y se centra en verticales como fintech, ciberseguridad, biotech, movilidad y logística.
Una de las señas de identidad de González-Estéfani es que no parte peras con nadie. Hace unos años criticaba con dureza el desfase entre talento y oportunidades en España, aunque correlaciona este mensaje con la advertencia de que ya no es necesario establecerse en California para optar al estrellato y forjar una compañía global. Entre sus reflexiones recurrentes despunta también aquella que afea a otros fondos de inversión que asuman un rol demasiado plano en sus participadas. TheVentureCity incluye en su plantilla a ingenieros y científicos de datos, por ejemplo, para que no todo orbite alrededor de los números y el múltiplo, fin último pero no único del venture capital. Equipos distintos, argumenta, detectan problemas distintos y acceden antes a mercados ignorados por los grandes fondos tradicionales.
Entre 2021 y 2022 se registraron en todo el mundo las valoraciones de startups más abultadas de la historia. España batió todos los récords de recursos levantados y los días y las noches del emprendedor parecían mecidos por una brisa primaveral infinita. Luego llegaría el pinchazo y el tufo de la burbuja, igual que ocurrió con las puntocom, y al preceptivo ajuste se le llamó VC Winter, un invierno con resonancias de Juego de Tronos. Nunca vio con buenos ojos la CEO de TheVentureCity aquel empacho especulativo. “Los grandes retornos exigen ciclos largos (entre siete y diez años)”, afirma, del mismo modo que la relación entre el inversor y el fundador/emprendedor “se parece a un matrimonio duradero donde, por supuesto, habrá malos momentos”.
En paralelo a su rol principal, González-Estéfani se ha convertido en una de las voces españolas más visibles dentro del circuito internacional de la innovación. Ha colaborado con organismos europeos vinculados al emprendimiento tecnológico y participa habitualmente en foros sobre inteligencia artificial, economía digital y, claro, inversiones. Su perfil aporta, sin embargo, una característica poco habitual en la industria: combina la retórica optimista típica del ecosistema startup (“talent is everywhere”) con un cierto escepticismo hacia los excesos culturales de Silicon Valley, ese emporio dominado por multimillonarios que sueñan con colonizar Marte o inmortalizar al ser humano pese a que la astrofísica niega lo primero y la medicina duda de lo segundo.
Esa tendencia al equilibrio aflora asimismo cuando habla del fenómeno más ubicuo y machacón de la historia reciente: la IA, los grandes modelos de lenguaje, los agentes autónomos y todo lo que está por llegar. Aunque considera inevitable la automatización creciente de múltiples procesos en favor de la eficiencia, la reducción de costes y la ubicación del esfuerzo humano en la casilla del valor añadido, insiste a menudo en la relevancia del criterio personal, la identidad cultural y la diferenciación creativa frente a modelos cada vez más homogéneos. La tecnología, viene a decir, puede escalar productos; lo difícil sigue siendo escalar sensibilidad, intuición y contexto, disciplinas donde el sapiens sigue siendo imbatible.