Jaén y El Ejido: dos casos opuestos y el frente común de las nuevas tecnologías
Si una ciudad disponía hace meses de nulo ascendente en la industria del gaming y los contenidos digitales, la otra localidad es un pulmón de la agricultura andaluza. En ambos casos, Misión acelera la transición hacia una economía más innovadora
Resulta admirable observar la juventud que rodea al proyecto de Misión Andalucía. Lejos de buscar perfiles cargados de veteranía y galones, la organización ha sabido plasmar lo mejor de las nuevas generaciones incorporando a personas con suficiente experiencia pero, sobre todo, muy familiarizadas con el espíritu disruptivo e innovador que caracteriza al universo startup. Buena muestra de ello son las responsables de los centros de El Ejido, Sandra Molero, y Jaén, Esther Pina; la primera volcada con el vertical agrotech y la segunda con la doble tarea del gaming y los contenidos digitales.
Pregunta: El recorrido de esta iniciativa acumula ya suficientes meses como para emitir una opinión sobre aquellos elementos que la hacen diferente de otras aceleradoras. ¿Con qué os quedáis hasta ahora?
Esther Pina: La principal ventaja es la verticalización por centros. Las empresas de gaming y contenidos digitales, que en esencia forman parte de la industria cultural y creativa, encuentran un lugar formado por profesionales, mentores y emprendedores que hablan su mismo idioma. Aquí viene gente muy experta y eso marca distancia con otros. Además, suele ocurrir que en estos casos (imaginemos por ejemplo un estudio de videojuegos) la parte del modelo de negocio se trabaja poco o directamente se ignora. Hay que diseñar no el juego que al artista le gusta, sino aquel al que el usuario quiere jugar.
Sandra Molero: En Almería, donde un porcentaje muy alto del PIB proviene de la agricultura, el agricultor suele saber muy bien qué producto quiere vender, pero no siempre es fácil aterrizarlo en un modelo escalable. En la provincia hay unas 14.000 familias dedicadas al sector, con una media de entre 1,8 y 2 hectáreas y una edad por agricultor que ronda los 60 años. El desafío es que cambien el chip y se atrevan a adoptar nuevas tecnologías. Esas tecnologías se moldean en el centro de El Ejido y lo bueno es que, cuando introduces una novedad, alguien la prueba y encima funciona, hay un enorme efecto llamada.
P: ¿Se percibe el impacto de Misión en las localidades donde se ubican los centros? ¿Ha habido un punto de inflexión desde la perspectiva del emprendimiento tecnológico?
E. P: Jaén no tiene tradición en el mundo del gaming ni es conocida por ser un hervidero de podcasts. Y, sin embargo, hemos comprendido que había un auténtico germen deseando ser destapado. Esta tierra no sólo piensa en la aceituna. Por otra parte, en el hub se crea comunidad. Hay infraestructuras a las que de otro modo las empresas que empiezan no tendrían acceso: las cámaras necesarias para grabar una sesión de podcast, las salas donde locutar las voces de ciertos personajes de un videojuego, la impresora 3D para preparar prototipos… La voz se ha corrido y hasta llegan chavales que aún están en la universidad para decirnos que el año que viene solicitarán plaza en el centro. Incluso gente que se había ido de la ciudad está volviendo.
S. M: Tanto Fran [Antequera, director del centro de El Ejido] como yo hemos hecho un trabajo amplio en el ecosistema, llamando a muchas puertas e invitando a empresas e instituciones a visitar el hub. La predisposición de las cooperativas agrícolas a participar, ayudar a las startups y probar sus soluciones es innegable.
P: ¿Cuáles son las principales barreras de acceso al mercado que detectáis en vuestros respectivos verticales?
S. M: La gran barrera de entrada es que alguien se atreva a dar el primer paso. Para colocar un sistema de sensores, hay que entrar en el invernadero, que es como la casa del agricultor, y eso genera recelos. Una vez demuestras que funciona, el problema desaparece. Si bien las cooperativas más pequeñas se muestran en general abiertas a la innovación, en las de mayor tamaño existe el reto de la burocracia. También hay que saber qué tipo de cliente encaja mejor con la solución propuesta. A veces crees que vas a llegar al agricultor más modesto pero acabas reclutando a invernaderos grandes y mejor dotados de tecnología.
E. P: En gaming y contenidos digitales no existe la figura del inversor, tan frecuente entre las startups. Si invertir en una startup entraña un riesgo, aquí ese riesgo se multiplica por dos o por tres, así que hay que buscar fórmulas alternativas como Patreon o Kickstarter. Respecto al videojuego, donde se da una polarización muy intensa entre los triple A [con presupuestos muy superiores] y los indies, es crucial tener claro a qué público te diriges. Si se tienen en cuenta las industrias culturales en sentido más amplio, conviene saber que las narrativas transmedia ya son el presente. Se trata de expandir cada universo, combinando por ejemplo plataformas de turismo y gamificación.
P: ¿Qué asignaturas pendientes observáis o, si lo preferís, qué brechas conviene cerrar en los próximos años para que el emprendimiento permee más y mejor?
E. P: En gaming hay que replicar casos de éxito como el de Clair Obscur: Expedition 33, una propuesta indie que va camino de convertirse en videojuego del año y que demuestra que la distancia con los triple A se puede recortar pese a disponer de medios muy inferiores. En contenidos digitales, hay que crear esa narrativa transmedia y hay que adaptarse a los gustos de la audiencia, que ya no quiere series con temporadas de 20 capítulos, sino de ocho o incluso de tres.
S. M: La agricultura necesita que la capacitación digital avance al ritmo -fortísimo- del desarrollo tecnológico. Aparecen muchos modelos y herramientas que el agricultor no sabe utilizar. Todos los agentes deben colaborar para afianzar esa integración de la tecnología, ya que el campo va muy por detrás en comparación a otros sectores.