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Del campo al dato: cómo el agrotech quiere redibujar la agricultura global

Aunque el campo del siglo XXI nunca se despegará del verbo fundacional (sembrar), la innovación lo empuja poco a poco hacia un verbo complementario y crucial (modelizar).

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Publicado hace 5 meses

Cuando en 2007 una partida de espinacas contaminadas con E. coli paralizó las ventas de verduras frescas en EEUU, las autoridades del país tardaron casi dos semanas en identificar el origen del brote (una explotación en California, el Estado más rico). Diecisiete años después, esa misma operación de rastreo se habría orquestado en apenas unos minutos. No por un milagro logístico, sino porque el sector agroalimentario, tradicionalmente uno de los más refractarios al cambio, empieza a abrazar con decisión una revolución tecnológica que no entiende de tractores ni de pesticidas, sino de datos, sensores y algoritmos.

 

En la esfera agrotech, uno de los puntales de Misión a través del centro ubicado en El Ejido, una finca puede generar más datos por hectárea que una fábrica de automóviles. La trazabilidad ya no es una exigencia burocrática: es un argumento comercial.

 

Aunque la agricultura del siglo XXI nunca se despegará del verbo fundacional (sembrar), la innovación la empuja poco a poco hacia un verbo complementario y crucial (modelizar). Startups diseminadas por todo el planeta ofrecen plataformas que permiten cruzar datos meteorológicos, sensoriales y satelitales que permiten al agricultor saber cuándo regar, cuánto fertilizante aplicar o en qué momento exacto cosechar para maximizar el rendimiento de su explotación. Lo que antes se decidía por intuición, hoy se decide por datos. Y el corolario es obvio: menos residuos, más eficiencia y menos impacto ambiental.

 

El planteamiento es sencillo pero poderoso. Un cultivo sensorizado puede generar mapas térmicos, alertas de enfermedades y predicciones de madurez con una precisión imposible de igualar con métodos más artesanos. Ese cambio de paradigma reduce pérdidas económicas, mejora la calidad del producto y permite cumplir estándares de salud y seguridad cada vez más exigentes. 

 

La transparencia ya no es una opción. Es una exigencia. Hace unos meses, uno de los padres de la inversión de impacto, Sir Ronald Cohen, vaticina un futuro no muy lejano donde cualquier consumidor podría ir al supermercado, sacar su teléfono móvil, escanear un código QR y saber exactamente dónde, cómo y cuándo se cultivó la fruta que baraja comprar y en qué condiciones trabajan quienes la producen. Algunos de los grandes players de la industria le dan la razón. En 2023, Carrefour anunció que más del 60% de sus productos de marca blanca contarían con trazabilidad blockchain en cinco años.

 

En España, proyectos como OriginChain o Digitanimal están construyendo infraestructuras digitales para registrar cada etapa de la cadena agroalimentaria, desde la semilla hasta el lineal. En un clic, un cliente puede comprobar que sus tomates cherry se cultivaron en un invernadero almeriense bajo estándares GlobalG.A.P., que se recolectaron el 12 de junio y que se transportaron en frío a 4°C hasta su destino.

 

¿Significa esta revolución un fetichismo del dato? Se trata, en realidad, de contar con un paraguas frente a las crecientes exigencias regulatorias (véase el Reglamento de Deforestación de la UE) y de disponer de una herramienta para diferenciarse en un mercado cada vez más saturado y con consumidores más concienciados y activistas. 

 

IA, predicción y crisis climática

Interesa igualmente dirigir el esfuerzo innovador hacia el desafío del calentamiento global. Con veranos extremos, sequías prolongadas e inviernos erráticos, la inteligencia artificial se ha convertido en aliada imprescindible para anticipar patrones y optimizar decisiones. La española Auravant, por ejemplo, ofrece una plataforma de inteligencia artificial para predecir rendimientos, detectar anomalías en cultivos mediante imágenes satelitales y sugerir estrategias de cultivo personalizadas. El resultado son explotaciones más resilientes y menos dependientes del olfato del agricultor. 

 

Sin embargo, como ocurre en cualquier revolución, el peligro es dejar fuera a los actores más pequeños. El 80% de las explotaciones agrarias en el mundo son familiares y de modesta dimensión. Muchas no tienen la conectividad adecuada, los recursos financieros, ni la formación suficiente para gestionar herramientas digitales vitales para sobrevivir. Iniciativas como Digital Green (India) o el programa europeo SmartAgriHubs intentan taponar esa brecha facilitando el acceso a tecnologías de bajo coste y formación específica para agricultores de pequeña escala.

 

El valor de lo intangible

En última instancia, lo que el vertical agrotech promete es una transformación silenciosa pero profunda: pasar de una agricultura opaca y reactiva a otra más visible, trazable y eficiente. No se trata sólo de vender más, sino de cultivar con precisión y estrategia. Quizás dentro de unos años, cuando alguien escanee un código QR en una mermelada y vea el nombre del agricultor, su finca, su método de cultivo y la huella hídrica de ese bote, no viva la experiencia como un milagro tecnológico. Quizás ese comprador anónimo piense que siempre debió ser así. La información es la principal huella de calidad de un producto o, si lo prefieren, el espejo de su alma.  


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