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Smart Mobility: instrucciones de uso

La nueva movilidad no se construye para impresionar con tecnología, sino para solventar problemas. Hay que definir con datos lo que falta, probar en pequeño lo grande, implicar a todos los actores y mantener un ciclo continuo de medición y mejora.

admin
Publicado hace 4 meses

La idea de una ciudad cuyos desplazamientos cotidianos son impulsados por un potentísimo motor tecnológico —Smart Mobility— ya no es un futurible, ni siquiera en lugares de tamaño medio como Málaga o Sevilla. El concepto ha pasado de los laboratorios de innovación a los pliegos de licitación, a las pruebas piloto en barrios concretos y a los debates en los despachos municipales. El principal reto no es superar la barrera de lo imposible, sino hallar el método adecuado para adentrarse en el terreno. En esencia, se trata de cómo pasar de la idea al plan que transformará la vida diaria de quienes viven y trabajan en la ciudad, mejorando de paso el aire que respiran, el tiempo que dedican a desplazarse y la relación que mantienen con su entorno.
 

Todo comienza con un diagnóstico riguroso. El big data permite contar cuántos coches circulan a diario o medir cuántos ciudadanos usan el metro o el tranvía. Esta pesca de información permite mapear flujos, entender dónde se concentran los atascos y por qué, identificar los recorridos más frecuentes y, sobre todo, escuchar las necesidades de colectivos específicos: personas mayores que dependen del autobús, estudiantes que combinan transporte público y bicicleta, trabajadores nocturnos que hoy no tienen alternativa viable al coche privado. De ese análisis se extraen objetivos muy claros: reducir las horas invertidas en transporte, disminuir emisiones, aumentar la cuota de uso de la flota pública y lograr que los movimientos entre los puntos A y B sean más previsibles y seguros.
 

Después, conviene huir de la tentación del gran despliegue inmediato y apostar por una fase piloto. Elegir un eje urbano representativo —el corredor Centro–Cruz del Humilladero en Málaga o el tramo Triana–Polígono Sur en Sevilla— para ensayar medidas tecnológicas y operativas. Estaciones intermodales bien conectadas (bicicletas, autobuses, metro, patinetes), gestión de flotas en tiempo real, señalización dinámica, aplicaciones que integren modos de transporte y pagos. La clave está en que la intervención sea limitada, pero lo suficientemente visible y funcional como para que la ciudadanía la perciba como un cambio real y tangible.
 

Si el piloto funciona, llega la hora del escalado. Este salto no consiste exactamente en copiar y pegar lo ya probado, sino en adaptar cada medida a las particularidades de cada barrio (densidad de población, trazado urbano, infraestructura disponible). Es aquí cuando la intermodalidad deja de ser un simple PowerPoint para convertirse en una experiencia diaria que puede articularse a partir de medidas como un único título de transporte, físico o digital, que sirva para todo; aparcamientos de bicis a pie de andén; o información en tiempo real que indique que el autobús llegará en dos minutos y que hay una bicicleta libre a 150 metros. Lo importante es que el usuario deje de pensar en términos de “autobús” o “metro” y pase a contemplar un sistema coral que le propulsa de la manera más eficiente.
 

El coste asociado al despliegue de la Smart Mobility no es menor, pero tampoco inasumible. Un piloto de cinco kilómetros, con estaciones, señalización inteligente, flotas y aplicaciones, podría rondar un presupuesto de entre cinco y diez millones de euros. Extenderlo a toda la ciudad exigiría decenas o incluso centenares de millones, según la ambición y los modos de transporte integrados. El dinero puede provenir de múltiples fuentes: fondos europeos como el CEF o el FEDER, presupuestos municipales o autonómicos, inversión privada interesada en proyectos de impacto e incluso aportaciones en especie de empresas tecnológicas —desde software hasta sensores— a cambio de validaciones de mercado o acceso a datos anonimizados. Crucial se antoja el papel de una iniciativa como Misión para coordinar esfuerzos y arrojar luz sobre el tablero. Su centro de Alhaurín de la Torre (Málaga) se dedica íntegramente a cumplir ese objetivo. 
 

La experiencia internacional ofrece pistas útiles. En Utrecht, ciudad de tamaño medio en los Países Bajos (unos 376.000 habitantes), la combinación de carriles bici, gestión de tráfico inteligente y una app intermodal ha reducido drásticamente el uso del coche privado. Grenoble, en Francia, logró rebajar en más de un 20% el uso del coche y aumentar la ocupación del transporte público con un plan similar, apoyado en incentivos a usuarios y acuerdos con empresas para flexibilizar horarios. Medellín (Colombia) y Curitiba (Brasil) son también ejemplos de cómo una política de movilidad sostenida en el tiempo puede transformarse en una plataforma tecnológica avanzada, con sistemas de cableado aéreo, gestión inteligente de semáforos y digitalización de rutas.
 

En esta ecuación, las big tech tienen la capacidad de aportar sus herramientas de inteligencia artificial, algoritmos de predicción de demanda y experiencia de despliegue a gran escala. Pero el papel de las startups locales es igual de relevante: conocen el territorio, hablan el lenguaje de los vecinos, mejoran rápido y están dispuestas a ajustar el producto en función de realidades específicas. Pueden desarrollar prototipos de aparcamientos inteligentes, tableros de control de tráfico o aplicaciones de transporte intermodal sin que el proyecto pierda el pulso ciudadano. Esa combinación de músculo global y agilidad local puede ser decisiva para que la disrupción de la movilidad no se quede en un ejercicio teórico.
 

La clave, en el fondo, está en entender que un plan de Smart Mobility no se construye para impresionar con tecnología, sino para solventar problemas. Definir con datos qué hace falta, probar en pequeño lo que se quiere extender, implicar a todos los actores —administraciones, empresas, startups, ciudadanía— y mantener un ciclo continuo de medición y mejora. Que la ciudad se mueva, sí. Pero que lo haga mejor, más limpiamente y más rápido.


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