El espíritu de Timun Mas aterriza en el videojuego: escribe tu propia aventura a lomos de la IA
Diálogos más fluidos, música que se adapta al jugador, escenarios cuasi infinitos y enemigos mucho más inteligentes marcan la revolución del gaming.
Una de las dos mitades del alma de Misión en su centro de Jaén es el gaming. Obvia decir que los videojuegos llevan años en la cúspide del entretenimiento digital, muy por encima del cine o las series, y abarcando todo tipo de perfiles, desde el viejo jugón hasta las generaciones más jóvenes nacidas en plena era tecnológica. Pese a lo difícil que resulta medir la foto global, se estima que esta industria factura unos 214.000 millones de euros al año (MIDiA Research). En España, la Asociación Española de Videojuegos informó de unos ingresos agregados de 2.408 millones en 2024, un 3% más que el curso anterior. La tarta no deja de crecer tanto a escala doméstica como en la esfera internacional.
En una conversación reciente, Hugo Pibernat, programador con enorme recorrido a nivel internacional y CTO de Playgami (perteneciente a Scopely, uno de los cinco mayores estudios de diseño de videojuegos para teléfonos móviles), advertía del cambio de paradigma. Donde antes uno encendía el ordenador o la consola e invertía unas horas en solitario, hoy se han consolidado varios fenómenos, desde la conectividad total (uno juega contra otras personas repartidas por todo el planeta) hasta las compras incluidas en los videojuegos, pasando -y aquí irrumpe la novedad- por el uso cada vez más sofisticado de la inteligencia artificial con una multiplicidad de funciones.
Por una parte, tal y como anticipan juegos en formato mundo abierto o sandbox como las sagas Red Redemption o Zelda, para propiciar situaciones, tramas y escenarios singulares, potencialmente infinitos, capaces de convertir a cada individuo en el player exclusivo de su exclusivo título. Hasta ahora, esas mecánicas estaban limitadas por el pincel de un equipo de profesionales; diseñadores que colocan montañas, ríos y misiones como si fueran piezas de un ajedrez de bits. Con la IA generativa, las reglas cambian. Ahora el terreno o tablero puede expandirse dinámicamente sin que nadie lo haya predibujado. La partida de cada jugador puede transcurrir en un mapa único, con estructuras improvisadas por algoritmos entrenados para no parecer máquinas. Minecraft, No Man’s Sky o Dwarf Fortress apenas eran bocetos, la punta del iceberg; lo que está por llegar será inconmensurable. Como decía Heráclito, nadie puede bañarse dos veces en el mismo río.
Por otro lado, en cierto tipo de propuestas (el rol o RPG, por ejemplo) la interacción del humano con el guion no se basará ya en un conjunto encorsetado de preguntas y respuestas, sino en un diálogo cuasi real entre la persona y la máquina. Hasta hace poco, los personajes no jugables —esos figurantes del videojuego que repiten líneas como loros atrapados en un bucle— eran el eslabón más débil de la experiencia de inmersión. Pero el avance y la versatilidad de los grandes modelos de lenguaje (LLMs) dota a estos NPCs de memoria, contexto y respuestas creíbles. En lugar de cinco frases memorizadas, pueden conversar sobre el clima, recordar que ya te han visto antes o incluso mentirte para salvarse. Es como si una aldea entera evolucionase con el jugador, recordase sus promesas rotas y trajese a colación sus decisiones éticas.
Pero la ola que está a punto de romper no se conforma con arrasar esas viejas carcasas. La inteligencia artificial también está reformulando los departamentos encargados del sonido y la música, adaptándolos en tiempo real al estado emocional del jugador. Compositor y psicólogo se dan la mano: si el ritmo cardíaco sube, si se ha registrado una tensión insoportable, la música afloja; si el algoritmo detecta cierto aburrimiento, provocará un giro de ciento ochenta grados. El juego no se limita a ser difícil o fácil, sino que ahora también es emocionalmente reactivo en lo que podría definirse como una suerte de empatía sintética.
Por último, está el asunto del entrenamiento. La IA también es una herramienta ideal para modelar comportamientos más sofisticados entre enemigos y aliados. En vez de kamikazes que van en línea recta hacia la espada de nuestro héroe, el adversario puede fintar, aprender de las estrategias urdidas por el humano o simplemente huir hacia la frondosidad del bosque vecino. Los sistemas de aprendizaje reforzado permiten crear rivales que estudian al jugador antes de vencerle y que razonan como lo haría un sapiens.
La descarga de ciertas actualizaciones habilita algunos de los recursos mencionados en juegos que se comercializan actualmente como The Elder Scrolls V: Skyrim (los personajes secundarios se nutren de ChatGPT y Claude para hablar con mayor fluidez), AI Dungeon (el jugador puede escribir lo que quiera y la IA responde en consecuencia) o Los Sims 4, donde Electronic Arts (EA) ha ensayado diversas soluciones que darán lugar, en la próxima entrega de la serie, a NPCs capaces de entender al humano tras el joystick.
El jugador del futuro no hablará del juego que ha probado, sino de su partida, irrepetible como una novela escrita a cuatro manos. En este nuevo capítulo de la industria del gaming, la IA ya no es sólo una herramienta, sino un coautor rebosante de inventiva.