Vísteme despacio que tengo prisa: startups y capital se mueven (al fin) hacia la narrativa sostenible y social
El consumidor más concienzudo exige a empresas, marcas y organizaciones mayor compromiso frente a los desafíos de la humanidad, aunque el avance, tangible, no sea tan rápido ni tan generalizado.
En los años ochenta, con la maquinaria del capitalismo bien engrasada, algunas de las compañías más poderosas del mundo eran IBM, Coca-Cola, Exxon, Toyota y Mitsubishi Bank. Viniesen del sector que viniesen, estas empresas tenían algo en común y no existían por debajo, en las escalas inferiores de la economía, excepciones que contradijesen la tendencia: ni la etiqueta social ni la narrativa sostenible pintaban nada en una partida que se jugaba en estrictos términos de beneficio.
Para contextualizar mejor es muy útil revisar el termómetro histórico de la comunidad científica en torno al cambio climático. En 1958, Charles Keeling graba por primera vez la molécula de dióxido de carbono en el observatorio Mauna Loa (Hawai). De sus investigaciones se deriva una conclusión inédita: la acción del sapiens también está detrás del calentamiento global. Desde entonces y hasta ahora, la curva de esta advertencia apunta cada vez más alto. En 1988, el climatólogo James Hansen declara ante el Congreso de los Estados Unidos que el fenómeno es “claramente detectable” y se crea el IPCC. La Cumbre de Río (1992) y el Protocolo de Kioto (1997) procuran fijar exigencias de descarbonización y logran continuidad gracias al Acuerdo de París (2015).
Más allá del espectro político, en el plano social se produce poco a poco un viraje. Investido de un poder absoluto del que apenas suele ser consciente, el consumidor cambia de chip y busca -tanto más cuanto más acomodado sea el país donde vive- un compromiso, una trazabilidad, un sello que aclare que sus marcas respetan el medio ambiente y contribuyen al mandato del bien común. Esta corriente empuja a firmas de todo tipo, desde Apple y Google hasta Adidas y Nike, a revisar su estrategia para incluir el elemento eco-social, aunque en muchos casos, grandes y pequeños, se incurra en el ardid del greenwashing. También hay, claro, múltiples casos en sentido contrario. Patagonia es uno de ellos. O Ecoalf en España. Ambas simbolizan un nuevo paradigma en la moda, una de las industrias más contaminantes.
En paralelo se mueve el capital. Gracias a las aportaciones de personalidades como Muhammad Yunus (premio Nobel de la Paz en 2006), Amartya Sen (economista del desarrollo), John Elkington (teórico del triángulo virtuoso personas-planeta-beneficio) y Ronald Cohen (inversor de impacto), las gestoras de fondos de venture capital y equity apartan una cantidad creciente de recursos para premiar las prácticas que mejor se alinean con esos valores. Mientras, surgen los créditos de carbono, se negocia la implantación de los créditos de plástico y aparecen acreditaciones como B Corp y OPIM, la primera adoptada por numerosas multinacionales y la segunda impulsada por el Banco Mundial.
Averiguar de manera precisa cómo moldea este mandato la fisonomía de las startups españolas no es sencillo. Una de las herramientas más fiables es el Observatorio de la Fundación Innovación Bankinter. Si se observan las métricas de inversión de 2025, por ejemplo, salta rápido a la vista lo transversal del concepto sostenible, porque con esa etiqueta podrían catalogarse de un modo u otro los verticales de movilidad y logística (98,4 millones de euros levantados), energía y nuevos materiales (96,5 millones), agrotech (13,3 millones) e incluso ciertos proyectos de foodtech (20,5 millones), big data (63,2 millones), espacio y navegación (151,2 millones) o software (515,9 millones).
En realidad, sólo caso por caso, o partido a partido, es posible identificar esa pátina más o menos altruista. Desde la óptica del medio ambiente, España cuenta con la referencia de LIUX, un fabricante de coches eléctricos y urbanos, diseñados con resinas vegetales y convencido de que la producción local es el futuro, con tantas fábricas como exija la demanda, pero con el matiz filosófico del comercio de proximidad. El CEO, Antonio Espinosa de los Monteros, lo ha explicado alguna vez: no tiene sentido hacer en China lo que puede hacerse en Alicante. La información satelital permite a EarthPulse elegir un área, explorar sus datos y determinar la calidad de una masa forestal. Gravity Wave trabaja actualmente en una solución adicional a su reciclado de redes de pesca para destacar cuando la Unión Europea instaure los créditos de plástico. Bound4Blue diseña velas de acero que disminuyen el consumo y las emisiones de distintos barcos de mercancías. Ocean Ecostructures instala en puertos y marinas deportivas arrecifes sintéticos que regeneran las mermadas poblaciones de peces y algas. Desde Andalucía opera Scoobic, especializada en flotas eléctricas de última milla. Y, desde Fregenal de la Sierra (Badajoz), Komvida, la marca de kombucha que ha logrado revitalizar el empleo femenino en una zona demográficamente mermada donde sólo despuntaba la agricultura. Incluso algunos fondos se han puesto las pilas: desde la poderosa Seaya con su vehículo Andrómeda, destinado a inversiones cleantech, hasta Impact Bridge, apoyada en la deuda privada, pasando por iniciativas más modestas como las de Seven Seas Capital y First Drop, orientadas a las fases primerizas del emprendimiento.