Texto - Publicado hace 1 mes

Este es el momento actual de la IA, los LLM y los agentes autónomos

En su carrera sin fin, las grandes multinacionales tecnológicas afinan sus modelos, crece el número de startups capaces de crear servicios sobre la base de esos LLM y surgen más dudas sobre el futuro de la humanidad en su interacción con unas máquinas que apuntan a la perfección. 

 

 

admin
Publicado hace 1 mes

Definido a grandes rasgos como el corazón capaz de propulsar todo un sistema de tareas y conversaciones, un grandes modelos de lenguaje (LLM) mainstream se entrenaba hasta hace poco con toda la información disponible en internet y poseía una inteligencia media. El cerco al abuso de la explotación del dato orquestado desde las big tech, especialmente en la UE, unido al agotamiento de la información procesable en la web, han movido la partida hacia un escenario más rico y complejo donde la IA se entrena con datos sintéticos y el listón de las respuestas se coloca mucho más arriba, a nivel tesis doctoral o catedrático. Se permite así, sobre todo en las versiones de pago de modelos como ChatGPTGeminiAnthropic, profundizar hasta extremos impensables hace sólo un año. 

 

Aunque se hable con frecuencia del impacto negativo que la IA tendrá (tiene) en muchos trabajos, lo cierto es que a rebufo de esos LLM se construye una economía más de nicho donde cientos de miles de startups colocan una capa de software para ofrecer servicios especializados en ámbitos como el derecho, la medicina, la arquitectura, la agricultura, las finanzas o las cadenas de suministro, por citar algunos casos. Surge así la magia del emprendimiento optimizado, cuyos brotes pueden verse en España a través de compañías como MaisaHeyDigaMaiteAlias RoboticsCenteIABlabMoney, todas ellas capaces de diseñar soluciones con cantidades de capital mucho más limitadas que las habituales en China o Silicon Valley. Incluso si la inteligencia artificial no es el núcleo del producto, son muchas startups más las que afinan su propuesta gracias a esta herramienta, ya sea estructurando información interna y externa, automatizando procesos o acelerando flujos creativos. 

 

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La foto se mueve muy rápido en tiempos donde incluso la Ley de Moore parece obsoleta. A finales de 2025, los LLM son capaces de razonar de forma más explícita, manejan ventanas de contexto enormes, se conectan a servicios ajenos a su infraestructura y pueden encadenar una serie de tareas sin perder el hilo de la conversación y siendo capaces de recordar todo lo escrito previamente en el prompt. Además, en paralelo a la faena de los grandes players, ganan terreno los modelos open source. Un ejemplo español es el de la vasca Alias Robotics, responsable de CAI, un conjunto de herramientas para crear agentes de IA en ciberseguridad, de fuente abierta y capaz de recabar tantos datos del sector que su conocimiento abarca las últimas tendencias de los hackers en todo el mundo, incluyendo Rusia, China o Corea del Norte.  

 

Quien recuerde Cortocircuito, aquella película de los años ochenta donde un robot humanoide era capaz de devorar y memorizar libros a la velocidad de la luz, puede entablar un paralelismo con los chatbots actuales de las multinacionales más poderosas, entrenados para gestionar a la vez documentos, vídeos, gráficas y audios, hábiles en el planteamiento de esquemas paso a paso y con latencias cada vez menores. Toda esta exuberancia tendrá un coste en los próximos años en forma de factura energética, otro desafío que la tecnología tendrá que superar para que la IA esté a la altura de las crecientes demandas del público. 

 

Uno de los ramales surgido de los LLM y aterrizado en la cotidianeidad de un creciente número de empresas son los agentes autónomos, definición que no siempre gusta a los expertos, pues los más escrupulosos insisten en que todavía persiste el elemento del control humano, un cortafuegos que tranquiliza a los más pesimistas. Por ahora, la labor de estos agentes aflora en secciones de menor valor añadido como los departamentos de atención al cliente, donde no es extraño que uno interactúe ya mediante un diálogo más o menos natural con la máquina. El debate, muy vivo, se centra en hasta dónde llegará la automatización; si incluirá asuntos tan delicados como la emisión de un diagnóstico médico o (en un futuro más remoto) el dictar una sentencia; y si al final absorberá casi todas las actividades que hoy sólo los humanos son capaces de acometer en lo que sería la plasmación de la inteligencia artificial general (AGI). En una reciente entrevista con El MundoJoaquín Cuenca, CEO de la malagueña Freepik, lo resumía así: “La IA se ocupará del 95% de las cosas que hacemos hoy; nuestra vida pasará a ser el 5% restante”. 

 

Más lejos queda la otra parte de esta carrera con mayor impacto potencial en la sociedad. Pese a la presentación de NEO, el robot antropomórfico de la estadounidense 1X, la confluencia plena de robótica e IA está aún a una década de distancia y planteará algunos dilemas, sobre todo en relación con la privacidad, pero también en términos emocionales, es decir, en la resolución del problema de la soledad que afectará cada vez más a una población envejecida, incapaz de ser atendida por el Estado y anhelante de un calor que hasta el presente ha sido humano pero que quizás en adelante mute en la dirección apuntada por los clásicos de la ciencia-ficción. Habituado a adaptarse a la narrativa exigida en cada ocasión por su auditorio, Sam Altman lo dijo una vez: “Olvídense de la idea de que ChatGPT se convierta en su novio/a”. Quizás estaba advirtiendo justo lo contrario. 


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