El corazón artesanal de Zenberry, el estudio andaluz de videojuegos que pasa de la IA
Hablar de videojuegos significa adentrarse en una industria que, sin cambiar demasiado, ha cambiado una barbaridad.
Hablar de videojuegos significa adentrarse en una industria que, sin cambiar demasiado, ha cambiado una barbaridad.
En su ensayo La España Vacía (Turner, 2016), Sergio del Molino describió el paisaje en regresión del campo español, sometido al imperio de las ciudades y a una lenta pero inexorable derrota demográfica. Un problema adicional, a menudo ignorado, tiene que ver con la memoria perdida de esos lugares. Si los mayores mueren y los jóvenes se van, nadie queda para contar lo que ocurrió en aquella plaza o en los soportales de esta iglesia.
Mucho ha llovido desde que España emergiese como potencia del videojuego durante los años ochenta y principios de los noventa en plataformas de ocho bits como las que ofrecían los rudimentarios Amstrad y Spectrum. Dinamic Software, Opera Soft, Topo Soft y Zigurat (Made in Spain) firmaron entonces algunos de los títulos más emblemáticos del mercado, alimentando de paso los sueños y la ambición de las primeras generaciones de desarrolladores del país.
Una de las dos mitades del alma de Misión Andalucía en su centro de Jaén es el gaming. Obvia decir que los videojuegos llevan años en la cúspide del entretenimiento digital, muy por encima del cine o las series, y abarcando todo tipo de perfiles, desde el viejo jugón hasta las generaciones más jóvenes nacidas en plena era tecnológica.