Esta investigadora almeriense explica por qué el campo almeriense exige más planificación pública
Isabel Oller alaba el encuentro entre agricultores y startups: los primeros disponen del know how de quien vive inmerso en la explotación; las segundas son la frontera tecnológica
Isabel Oller es almeriense y lleva en el ADN la agricultura, tanto por su raíz familiar como porque será en gran medida objeto de su tesis doctoral, elaborada al amparo del programa de Economía de la Universidad Complutense de Madrid. Oller ha dedicado su trabajo de fin de máster al sistema agroalimentario de su tierra natal y presentará sus hallazgos el próximo septiembre en el centro que Misión tiene en El Ejido, dedicado precisamente a agrotech.
“El campo almeriense no es tan homogéneo como parece -arranca la investigadora-. Hay al menos dos Almerías, la de levante y la de poniente, con estructuras de propiedad diferentes. Se trata, claro, de un sistema exportador que mira sobre todo a Europa. Hay que revisar desde diferentes ángulos todo lo que se afirma: esta industria se explica en gran medida, por ejemplo, por las relaciones comerciales extraterritoriales, por las fuerzas laborales (que obligan a analizar los flujos migratorios) y por el despliegue tecnológico, dependiente en buena parte de las cadenas de producción y de empresas transnacionales. ¿Con qué comparamos el campo almeriense? Si es con Holanda, nuestras explotaciones están menos automatizadas; si es con China, allí la planificación pública es mucho más fuerte”.
Para dilucidar si esta región andaluza es competitiva, profundiza Oller, hay que medirla en un plano internacional. “Me enfrento a la paradoja de tener que salirme de Almería para poder explicarla. Este enfoque aporta pistas sobre dónde buscar singularidades: cómo se inserta el agro de la zona en los mercados, cuáles son las redes de conocimiento, qué competencias hay o cuáles son los marcos regulatorios”.
Fiel a su aproximación holística, cuando se le pregunta por los desafíos más acuciantes, la joven economista recurre de nuevo al caleidoscopio. La escasez de agua, con acuíferos agotados y pocas lluvias, “sugiere recurrir a desaladoras y a fórmulas de reutilización”, pero en paralelo “hay que determinar cuánta agua demanda el sistema y para qué producción”. Lo mismo ocurre con el suelo, un bien codiciado y limitado que obliga al agricultor a optar por mejorar el rendimiento de lo que ya tiene en lugar de aspirar a acumular más terreno. “Aquí también hay competencia: por ese mismo espacio compiten empresas de diferentes sectores”.
Otros asuntos estratégicos, aunque menos mediáticos, son “la dependencia del sistema agroalimentario de los recursos fósiles o los problemas derivados de la actividad laboral”. Oller subraya que “Almería ha sabido crear un modelo que se adapta a los retos del momento e innova de la mano de la eficiencia. La gran pega es que no todo se resuelve con una suma de decisiones individuales. Es muy necesaria una mayor planificación pública que encuentre soluciones y decida quién soporta los costes. Pese a que la planificación sí puede traducirse en nuevas normas, lo importante es ver en qué foros y bajo qué diálogo se conforman”.
Respecto a la carrera tecnológica, Oller advierte: “Utilizar ese término puede llevarnos a una falsa sensación de linealidad donde Japón, por ejemplo, va por delante de nosotros. Pero hay que ver qué tecnología se incorpora, para sortear qué obstáculos y en qué sistemas productivos. Un bajo grado de adopción no prueba necesariamente resistencia al cambio o ignorancia. Puede que una solución tecnológica no resuelva problemas que se consideran prioritarios, puede que no compense económicamente, puede que exista un conocimiento tácito que ya se ocupa medianamente bien de solventar el puzle. Por ese motivo encuentro tan interesante el punto donde confluyen agricultores y startups, portadoras de dos lenguajes, el del know how de quien vive inmerso en el campo y el de la frontera tecnológica”.