Texto - Publicado hace 1 mes

La fotografía ha muerto, viva la fotografía

Aunque las narrativas transmedia dominan las escena y lo artesanal ha dejado paso a la industrialización digital, detenerse ante una imagen todavía encierra valor para los creadores capaces de conectar con ese público diferente

Fede Durán
Publicado hace 1 mes

Hubo una vez, después de la pintura, en que la fotografía ocupó el reino de la imagen. Los artistas de pincel y témperas objetaron que una máquina no sería capaz de producir arte, que aquella plasmación de la realidad era precisamente algo mundano. Después llegaría Cartier-Bresson y tras él infinidad de nombres adscritos a diferentes géneros, desde la fotografía de moda (Terrence DonovanRichard Avedon en su primera etapa), hasta grandes documentalistas de lo subterráneo (Diane Arbus), lo tribal (Sebastiao Salgado) y lo hegemónico (Martin Parr y su descarnado retrato del capitalismo low cost de Gran Bretaña, Martin Schoeller y sus celebrities). 

 

La fotografía también era un puntal para los medios de comunicación, donde podía aparecer el cadáver del Che Guevara, el tenso saludo entre Richard NixonNikita Jrushchov, o el inefable universo de Salvador Dalí; poblaba revistas y carteleras; y constituía un poderoso imán publicitario para las marcas. Pero, de nuevo, las cosas cambiaron cuando la cámara analógica y el carrete dejaron paso a las réflex digitales primero y a las cámaras sin espejo después. El instante único se transformó en una ráfaga de instantes y esta tendencia se recrudeció con la universalización del smartphone y la democratización del vídeo. 

 

Engañarse es imposible. Desde los millennials para abajo, las generaciones crecen fuertemente amarradas al contenido digital. Compran desde el ordenador, conocen a sus parejas recurriendo a aplicaciones de citas, ven sus series favoritas en streaming y planifican sus viajes, bodas, bautizos y comuniones a golpe de ratón. La narrativa basada en imágenes ha mutado en la misma medida en que lo ha hecho todo lo demás, las empresas han tomado nota y los emprendedores y sus startups saben que ése es el lenguaje que hay que dominar para captar la atención del cliente, los inversores y las administraciones públicas.  

 

La imagen, que antes condensaba un significado en un solo encuadre, ahora se estira, se fragmenta, se convierte en secuencia. Se edita, se acelera, se adorna. A veces incluso se inventa. Porque en paralelo a todo este trasvase de lo austero a lo abundante ha ocurrido algo más: la imagen ha dejado de ser necesariamente un registro de lo real. Los drones han banalizado el punto de vista extraordinario. Lo que antes requería un helicóptero o un presupuesto descomunal hoy se consigue con un aparato que cabe en una mochila y vale 200 euros. Y la inteligencia artificial ha cavado más hondo el agujero: ya no hace falta que algo exista para que pueda ser mostrado. La imagen se emancipa de la realidad, aunque en ese gesto también pierde parte de su peso.

 

Se trata, en esencia, de competir por la fragmentadísima atención de una audiencia incapaz de prestar más de dos minutos de atención a nada ni a nadie. Así nace el reel, como microrrelato, igual que los shorts de YouTube, y así se explican, en otro orden de cosas, la popularidad de esa nueva literatura despojada de literatura, los titulares anhelantes de clics de los periódicos o las series con capítulos cada vez más cortos. La sociedad ha virado de la artesanía a la industrialización, de lo singular a lo global y de la foto fija a una escena interactiva donde se entremezclan elementos ficticios e influencers, vida y videojuego.  

 

El resultado de este paisaje contemporáneo es una especie de inflación visual. Cuantas más imágenes circulan, menos vale cada una. No porque sean peores, sino porque duran menos. Se consumen rápido, se olvidan antes. No hay tiempo para que sedimenten, para que construyan memoria. Y este matiz representa un desafío morrocotudo para los creadores digitales, los estudios de videojuegos, las marcas que pujan por el favor del consumidor y los emprendedores que compiten con otros emprendedores por ganarse el favor de quienes pueden llevarles al éxito. 

 

Además, en plataformas como TikTok, YouTube o Twitch, el contenido compite en un entorno donde todo está optimizado para ser sustituido. No hay fidelidad por defecto. La adhesión hay que construirla. Un contenido eficaz hoy no es el que se ve entero, sino el que deja una marca reconocible: una idea, un tono, una estructura que el usuario pueda identificar en segundos la próxima vez. Esto es lo que antes hacían las cabeceras de los periódicos o los grandes fotógrafos. Hoy el testigo lo toman creadores que entienden que cada pieza forma parte de un sistema mayor. Un streamer, un podcaster o un estudio de videojuegos no rivalizan con un vídeo, rivalizan encomendándose a todo un ecosistema. Series, episodios, lorerunning gags, comunidad… todo suma para crear un sentido de pertenencia a la tribu. De cualquier modo, el primer segundo sigue siendo crítico. Hay que deslizar una promesa que despierte el interés y hay que echarle el lazo a la pieza con un cierre continuista que anime a reconectar a lo largo de la semana. 

 

Mientras tanto, y aunque parezca imposible, la fotografía persiste redimensionada. Vuelven a venderse carretes, por la calle se ven cámaras antiguas de HasselbladLeicaRolleiflex, las exposiciones de autores relevantes persisten, las editoriales siguen publicando libros sobre la obra de Helmut NewtonVivian Mayer, y un grupo pequeño pero matón de ciudadanos digitalmente hastiados pugna por ganar ciertos espacios de detenimiento y atención. También a ellos hay que dirigirse.